¡Oh dueño mío en valle de
pupilas!
Encima de los meses tan llenos de noviembre,
mi encarcelado talle,
como una golondrina de ala
dócil
espera, aguarda el golpe de la luz
que nos empuje al mar
de nuestros pechos de ánfora.
¡Mi siempre victorioso!
Aun vive tu rumor sobre las
cosas
y tu perfume salva la escalera,
aunque acaso, después de tanto tiempo
ya no me reconozcas
tan desvestida y rota,
tan llena de distancia
como guarda una tarde sin
memoria.
¡Ven!¿No miras como tiemblan
mi boca y mi estatura?
Entra a visitar lo tanto tuyo:
Los verbos que ayer fueron de
tu alma,
y en qué sudor de besos te
reclamo
cuando un sostén de hilo
y luna a media asta,
me recuerdas en luto
que no me resta nada
De o que tuve ayer:
que ya no habrá retorno
de días con Giraldas,
ni altura de castilos en la arena,
que sólo ¡Amado mío!
Alrededor de mí vive el
silencio,
un grave y conventual silencio
que se agota en los labios
y en los ojos cumplidos
detrás de horizonte.
(C) Esther González Sánchez

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